2010

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Soñar con una casa 

Tras el terremoto de 2010, las autoridades haitianas clasificaron la casa de la pequeña Samantha Cofi como “ámbar”, es decir, que necesitaba rehabilitación antes de ser habitada de nuevo. A pesar del riesgo, la familia de Samantha no ha tenido más opción que dormir dentro, ya que no tenían donde ir. “La casa de mis sueños tiene dos plantas y cuarto de baño con ducha”, afirma Samatha y dibuja su casa ideal con lápices de colores. Nuestra contraparte SSID costeará la reparación de su vivienda o la construcción de una nueva.

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Esperar a que la tormenta pase 

El huracán Tomas no pudo con la casa de Gina Vilceme. Su propietaria la protegió como pudo, colocando piedras en el techo de uralita para evitar que se lo llevara el viento. Como no había donde huir, Gina se quedó ahí, esperando a que pasara la tormenta. Ahora, el problema es el cólera y el agua sucia que rodea su casa. “Esperemos que se seque pronto”, afirma Gina. Nuestra contraparte GARR es muy activa con la comunidad a la que pertenece y ha construido un refugio anti-huracanes.

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Gallinas para salir adelante 

A pesar de vivir a cuatro horas de Puerto Príncipe, la casa de Yvonne Basile quedó muy dañada tras el seísmo. Varios de sus hijos vivían en aquel momento vivían en la capital; al quedarse sin nada tuvieron que regresar a la casa familiar. Desde entonces, Yvonne ha estado a cargo de once personas, lo que supone un tremendo esfuerzo. 

Al poco del seísmo, Yvonne y otras 1.000 personas recibieron un pequeño crédito de parte de Koral, organización que trabaja junto a nosotros, y gracias a él pudieron realizar pequeñas transformaciones en su vida: desde el pago de matrículas escolares hasta montar un pequeño negocio de venta de gallinas, como es el caso de nuestra protagonista. Ahora Yvonne cuenta con unos ingresos que, aunque modestos, le permitirán sacar a su familia adelante.

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Lanzando un salvavidas a los demás

Antes del terremoto Figaro Alourdes (37) trabajaba como vendedora en un puesto de comida en uno de los barrios más marginales de Puerto Príncipe. Nuestra contraparte Aprosifa la contrató como una de sus distribuidoras y así pudo proporcionar al menos un plato caliente y gratuito al día para cientos de personas que lo habían perdido todo en el terremoto. Ahora distribuye 80 comidas diarias y vende lo poco que le sobra para quedarse con un pequeño beneficio. “Me hace feliz dar de comer a la gente”, afirma Figaro.

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Trabajando dónde nadie más lo hace

Tras el terremoto, casi toda la atención de las agencias se centró en Puerto Príncipe y sus alrededores. Pero miles de personas se mudaron a las zonas rurales en un intento desesperado de obtener ayuda. Paul André (38) es el coordinador de ROPANIP, una red de organizaciones de ganaderos. Nuestra contraparte GRAMIR proporcionó a las familias semillas y fertilizante, justo a tiempo para la época de siembra. Paul cuenta: “Sinceramente, ni el Gobierno ni ninguna otra ONG han trabajado en esta zona. GRAMIR es el único que nos ha ayudado”.

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Herramientas que suponen un cambio significativo

Tras el terremoto, Jean Gueb Decamp (28) regresó a su hogar, cerca de la frontera con República Dominicana. Nos cuenta que llegar a fin de mes “era toda una batalla”.  Aunque cerca de allí hay un lago, afirma que “a veces pescamos algo, a veces no. Así es como vivimos”. Nuestra contraparte GARR le dio dinero y de este modo Jean pudo pagar sus deudas y comprar gallinas. También recibirá herramientas de GARR con las que podrá seguir trabajando y así poder alimentar a su familia.

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