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Una  definición aséptica de esperanza de vida liga la media de años que vive una población concreta con un periodo de tiempo determinado. Para medirla, la población masculina y femenina suele dividirse en dos columnas y se tienen en cuenta factores como el acceso a la sanidad, los conflictos, la higiene y la dieta. Para su medición, se realiza un promedio de fallecimiento de los habitantes de la región de la que es objeto el estudio.

Sin embargo, la esperanza de vida en el mundo no nos habla solo de datos, sino también de un enorme vacío entre el Norte y el Sur. Es cierto que en los últimos años ha habido un tímido acercamiento entre la esperanza de vida de las dos regiones de la Tierra, pero las excepciones siguen siendo clamorosas. Según un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), si tomamos a África Subsahariana como un conjunto nos encontramos con que su esperanza de vida es mucho más baja ahora que hace treinta años. Las catástrofes naturales, los conflictos bélicos y el VIH/SIDA han ayudado en este vertiginoso descenso. Un retroceso demográfico comparado con el que registró Francia después de la Segunda Guerra Mundial, según apunta el mismo informe.

Un vistazo a cualquier tabla sobre esperanza de vida realizada por cualquier organismo público o privado nos muestra las graves diferencias entre la esperanza de vida de los países empobrecidos y los industrializados. Japón cuenta con una esperanza de vida de 83 años para ambos sexos mientras que la de Sierra Leona apenas llega a los 40, además de contar con la tasa de mortalidad materna más alta del mundo.