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Nicaragua: Hay alternativa al machismo y la violencia

jueves, 4 de diciembre de 2014  Cooperación para el cambio Nicaragua Africa Derechos Humanos     Mujeres

Nicaragua es el segundo país más pobre de Latinoamérica y un lugar donde el desempleo, el acceso a la vivienda y el alto coste de vida son los principales problemas cotidianos a los que se enfrentan sus ciudadanos. La falta de perspectivas y oportunidades, mueve a muchos jóvenes a caer en las redes del crimen organizado.

La cultura del machismo está muy arraigada en la vida diaria de Nicaragua. Ser “varonil” y un “verdadero macho” está estrechamente vinculado con los ataques de las maras, las agresiones y la violencia doméstica. Nicaragua convive con unos niveles muy altos de violencia juvenil y delincuencia. Desigualdad y violencia se retroalimentan e impiden a muchas familias escapar de la pobreza.

Fátima Mendoza conoce muy bien lo que significa el machismo y la violencia. Ella soportó durante años los insultos, vejaciones y palizas de su marido. El discurso victimista del machismo hace ver a las mujeres que son ellas las culpables. Interiorizan la violencia, la ven “normal”. Ella y sus hijos crecieron oprimidos por el miedo. En el caso de Humberto, su hijo, esto ha derivado en el desarrollo de un comportamiento agresivo durante su adolescencia.

Sin más referente que las amenazas y agresiones que había visto en su casa, Humberto empezó a traficar con drogas y a formar parte de una mara: “Violencia era lo que había visto toda mi vida”, afirma. Pero no es la única alternativa posible. El Centro para la Prevención de la Violencia (CEPREV) trabaja en Nicaragua para construir nuevas masculinidades desligadas de la violencia y el machismo.

Desde InspirAction luchamos junto a ellos para fomentar la igualdad de género y la cultura de paz a través de talleres orientados a jóvenes, hombres y mujeres que han sufrido o participado en la violencia. Humberto sabe que para romper ese ciclo es imprescindible transformar las relaciones de género existentes en la sociedad.

Él no solo ha conseguido dejar atrás su pasado como pandillero, sino que ahora ejerce de padre soltero y orgulloso de sus dos niños. Ha aprendido que las tareas domésticas y el cuidar de los niños no son tareas exclusivas de la mujer. Trabaja ayudando a otros jóvenes a combatir la violencia a través del respeto, el diálogo y la tolerancia. “Gracias al CEPREV, es agradable poder compartir y enseñar a tus hijos unos valores totalmente opuestos a lo que viví yo en mi casa”.

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